"Í*+4* X
ñTMOSF6ñfíS
Federico Rivero Scarani
ATMÓSFERAS
(Póemos en proso)
Premio «Mención Honorífica»
en el Concurso Literario
de la Intendencia
Municipal
de Montevideo
1999
Vintén Editor
© Federico Rivero Scarani
© Vintén Editor
ISBN 9974-570-79-4
Depósito Legal: 317.095/2000
Impreso en Impresora de los Pocitos
Hocquart 1771 - Tel. 209 02 23
Montevideo - Uruguay
Mayo de 2000
Para Ivana Panela,
la estrella que me ampara.
Cuando los fantasmas se conviertan en sonido y la voz
del hombre sea apenas el gemido de un animal más sobre
la tierra hostil. Cuando los templos sean las únicas
guaridas y la aurora la estrecha esperanza que conjure
las sombras, que deshaga los miedos y aplaque los
aullidos de las máquinas, no habrá otra ley que la del sol
radiactivo, no habrá otro dogma que los ojos de la noche
hambrienta por aquellos que se atrevan a mirarla.
Algunos estarán lejos bajo otras constelaciones, y un
nuevo zodíaco augurará otros destinos ; los signos
cambiarán su forma y el decimotercero contará una
antigua leyenda.
COSMITOLOGIAS
AGAMENÓN Y BEATRICE fueron publicados en "Ecos
de la Estigia", 1998. Los demás cuerpos celestes serán
descubiertos próximamente.
Calixto
Las coordenadas 1499-23 de la Constelación de
Burgos señalan la ubicación de un sistema solar cons¬
tituido por una estrella amarilla y tres planetas que
la orbitan. El más cercano al astro fue denominado
Calixto, UN PLANETA JOVEN cuyo origen no ha
sido determinado aún. Este cuerpo celeste se carac¬
terizó por haber poseído vida, con un clima de pri¬
mavera eterna, el cual permitió la proliferación de
variedades de EXAGERADAS FLORES ENAMORA¬
DAS que se entristecían en los crepúsculos al son de
laúdes de brisas eolias.
El planeta Calixto, el más cercano de los tres a la
ESTRELLA MELIBEA, poseyó una zona oscura, la
cual estaba cubierta por una noche cerrada; SE EN¬
CONTRARON VESTIGIOS EN LAS CUEVAS HÚ¬
MEDAS, con caracteres bermejos de una lengua ex¬
traña que, según los arqueólogos-lingüistas, eran
invocaciones a un dios maldito, señor de las profun¬
didades insondables y amante de Tesífone, Megera y
Aleto. El objetivo de estas escrituras rupestres son
tema de debate entre los investigadores; una teoría
afirma que algún ser las escribió para provocar la
destrucción del planeta, pero esta teoría duerme en
el letargo de la memoria de algún computador
demodé.
A los pocos años de ser descubierto este sistema
solar se pudo apreciar una catástrofe sin precedentes
8
en los anales de la Historiografía Estelar: Calixto, des¬
pués de temblar durante varios días enamorado de
su estrella rubia, SE PRECIPITÓ EN EL ESPACIO
DESDIBUJANDO SU ÓRBITA NORMAL cayendo en
el penúltimo abismo donde la materia se congratula
buscando su forma. Como consecuencia de esa des¬
estabilización cósmica la estrella Melibea se fue apa¬
gando paulatinamente hasta reducir su tamaño y co¬
lor (de una blancura brillante). Por motivos y causas
que todavía se desconocen fue cayendo, titánicamen¬
te, hacia el agujero negro que la esperaba abrigándo¬
se en sombras eternas. Los otros dos planetas del sis¬
tema solar, los más antiguos y estériles, quedaron a
oscuras y congelados para siempre.
9
Dulcinea
El ingeniero y astrofísico de origen español Alonso
Quijano planificó en el siglo XXVIII un satélite artifi¬
cial que concretaría la esperanza de ser un jardín exó¬
tico de las delicias en la profundidad del espacio. El
nombre de esa isla de forma esférica sería DULCINEA
cuya órbita permitiría tener amaneceres mecánicos y
un mar azul con playas donde LOS CYBORGS SE
ASOLEARÍAN CON LOS HUMANOS. El ingeniero
planificó sistemas de variadas clases, estructuras de
titanio y ónix, organigramas laberínticos, superficies
caprichosas de valles prehistóricos; planificó la flora
y la fauna más exquisita seleccionada de los planetas
de la Federación; mientras trazaba planos y configu¬
raba listas inacabables para la organización del saté¬
lite artificial, un mundo de ensueños e ideales flotaba
en la habitación donde Alfonso Quijano, el ingeniero
espacial, trazaba geometrías sobre papiros blancos.
Las distintas razas habitarían esa nueva Babilonia; la
confraternidad, la justicia y el amor conformaban el
TRIVIUM DEL EDÉN ESTELAR. Así en Dulcinea la
vida sería un deleite con una cultura heterogénea y
sin prejuicios en lo concerniente al amor: él ya de por
sí amaba su holograma envolviéndose en las luces
cuando frisaba la edad de cincuenta años. Tenía una
sobrina de veinte y una andreida que cumplía su rol
de ama de llaves. Leía con fruición novelas de cien¬
cia ficción y a veces en la madrugada tomaba su plu¬
ma y escribía historias como si fuese el mismo Isaac
Asimov.
10
Del siniestro que terminó con todos los proyectos
de aquel inefable ideal (el satélite Dulcinea) sólo se
recuperó el fragmento de un poema escrito de puño
y letra del astrofísico, y reza así:
«Cyborg, cyborg, naturaleza muerta,
quién podría tener tus ojos de ágata
y tus manos de puro cristal.
La aurora de metal es tu hermana
y la esfera tu alma, cyborg,
y la esfera tu alma.
Trocé flores de diamante para ti
en el equinoccio azul
de mis acuarianos deseos.
Cyborg de piel de diez niñas ...»
11
Eurídice
El cuarto planeta del sistema solar Virgilio fue bau¬
tizado Eurídice por el astronauta llamado Orfeo
Andersen. Este hombre, capitán de LA NAVE ARIS-
TEO donde las ninfas se sientan en cristalinas sillas,
volvió luego de varios años para una misión imposi¬
ble: reproducir vida en la estéril tierra de Eurídice.
Hace milenios albergó una vida rica en flora y fauna,
en criaturas bellas como niñas vírgenes de piel azul;
luego murió condenándose a la frialdad de oscuras
noches de arena. LA MISIÓN: UN PROGRAMA DE
VANGUARDIA CAPAZ DE ORIGINAR VIDA. Cari
Sagan propuso en el siglo XX bombardear Venus con
plantas verdiazules con el objetivo de producir un
fenómeno químico plausible de fomentar microorga¬
nismos durante el lapso de milenios. Ocho siglos des¬
pués rescataron tal utopía y la modificaron. Orfeo
estaba a cargo de tal misión. Ordenó el lanzamiento
de doce misiles cargados de una sustancia revitaliza-
dora; norte y sur, este y oeste, y otras latitudes claves
del planeta recibirían una segunda oportunidad.
Aristeo abrió sus compuertas en el oscuro espacio de¬
jando salir los misiles con la sustancia vital (eran
espermatozoides ansiando el óvulo). Esta nave en su
primer encuentro con el suelo de Eurídice quemó los
últimos restos de vida —un pequeño oasis sureño
entre catedrales de piedra—, al aterrizar. Ahora era
el momento de revertir la situación porque Orfeo
Andersen se sentía en parte culpable; sus ratos de
ocio se conjuraban por la melodía de su guitarra acús-
12
tica haciendo que todos, hombres y mujeres, plantas
y animales, organismos biomecánicos y sistemas
informáticos, se rindieran a las melodías de sus can¬
tos cósmicos. Las explosiones dieron resultado: en
cuestión de meses una rala vegetación creció, la at¬
mósfera se hizo respirable y algunos animales terres¬
tres habitaron el suelo. Sin embargo cuando el éxito
suponía la confirmación del programa vital —llama¬
do Proteo por los técnicos—, Orfeo, deseoso de des¬
cender para contemplar la vida que se extendía
barrocamente, decidió euridizar con la nave Aristeo
en un valle verde recientemente nacido. Su anhelo y
ansiedad fueron tan desmesurados que incendió el
valle con las turbinas de la nave. Todo comenzó a
quemarse y a deshacerse en las latitudes elegidas; fue
un rosario de veneno extendido sin piedad. Nueva¬
mente Eurídice volvía a las tinieblas de la muerte. El
personal femenino de la nave se amotinó aunque ama¬
ban más a Orfeo que a las estrellas. Lo tomaron de
rehén y seducidas por un impulso de venganza ins¬
tintiva lo decapitaron con una espada marciana. SU
CABEZA FLOTÓ COMO UN ASTEROIDE en la ór¬
bita de Eurídice; su voz sonaba en los negros espa¬
cios y repetía colmada de amor y arrepentimiento el
nombre de AQUEL PLANETA QUE MURIÓ DOS
VECES.
13
Faetón
Entre Júpiter y Marte el Cinturón de Asteroides
se extiende. Cuenta una leyenda que Faetón, hijo del
Sol, con los caballos desbocados por su ineptitud vol¬
có el carro del sol quemando los cielos. Pero lo cierto
es que hay una segunda leyenda que luego fue con¬
firmada por los investigadores pasando de ser leyen¬
da o mito, por un proceso dialéctico-empírico, a una
tesis irrefutable. Sucedió hace setenta millones de años
que este planeta con vida inteligente de acuerdo a los
parámetros nuestros estalló por causas antinaturales:
los seres que vivieron en Faetón desarrollaron una
ciencia y una Tecnología hiperavanzadas que, si bien
les permitió conocer los demás planetas de nuestro
sistema, incluida la Tierra, también provocó una ca¬
tástrofe que terminó con su propia naturaleza.
Existen versiones que acusan a los habitantes del
quinto cuerpo celeste de irresponsables crea turas que
no supieron dominar su propia tecnología. Supues¬
tamente la causa de la explosión fue una reacción en
cadena de estallidos nucleares. Los más complacien¬
tes afirman que fue un astro gigantesco quien dio de
lleno sobre Faetón provocando la desintegración par¬
cial. Incluso las dos lunas de Marte serían trozos de
roca de aquel mítico cuerpo estelar. Lo cierto es que,
ya por ira de algún zeus que lo derribó con su rayo a
petición de una improbable gea o por soberbia inca¬
paz de ser controlada. Faetón perdió su Unidad; dejó
su homogeneidad cósmica para convertirse en un obs¬
táculo de heterogéneos peligros para las astronaves.
14
Quienes navegan por aquel archipiélago no renega¬
rán de su belleza particular, pero hay un oscuro pre¬
sentimiento en las almas de los tripulantes, una sen¬
sación misteriosa como si fluyera de los mismos
genes: son los destinos adversos de los seres u obje¬
tos que siendo alguna vez un todo entero pueden con¬
vertirse en trozos que deambulan por los espacios
con la angustiosa esperanza de volver a unirse, qui¬
zás, alguna vez, como en el Principio.
15
Ganimedes
Galileo Galilei descubrió en el año de Nuestro Se¬
ñor de 1610 el satélite Ganimedes, fiel compañero del
inmenso Júpiter. Cuenta una antigua leyenda griega
que un joven troyano, príncipe hermoso, fue raptado
por Zeus para que sirviera de copero en el Olimpo.
La belleza de Ganimedes asombraba a los dioses; un
mortal que conmovía los sentidos divinos. Su cánta¬
ro rebosaba de una ambrosía que sólo los dioses po¬
dían degustar y que colmaba de felicidad y alegría
los corazones inmortales. Zeus tomó la forma de un
águila quizás por el amor particular que sentía hacia
el joven príncipe troyano. De acuerdo a Ovidio los
dioses, guiados por ciertos estímulos, principalmen¬
te el amor, adquieren apariencias ajenas a su ma¬
jestad para satisfacer sus deseos y voluntades. Y es
así que Ganimedes elevado hasta la morada etérea
derrama con su cántaro el licor del placer y del éxta¬
sis. Su efigie representa el signo de Acuario la cual
puede hallarse en el astropuerto a través de una es¬
tatua de mil metros de alto.
Este satélite disfruta de un gran reconocimiento
particular por parte de los turistas espaciales. Las
bases construidas en su suelo son flores metálicas in¬
candescentes desde los cielos, arquitecturas de pla¬
ceres vip, edenes de goces infinitos. Los turistas re¬
corren la geografía de Ganimedes en cápsulas donde
el placer elegido es satisfecho gracias a las excentrici¬
dades de la tecnología. Tener a Júpiter abarcando un
gran sector del cielo y disfrutar de un orgasmo inin-
16
terrumpido de una hora es uno de los mayores atrac¬
tivos para los exquisitos visitantes. Recorrer las rui¬
nas de una antigua civilización alienígena sintiéndo¬
se dentro de la cápsula un color (azul, verde, rosado
de acuerdo al indicador que se elija) también se con¬
vierte en uno de los mayores atractivos. El Valle de
Rama se constituye como uno de los más ponderables
ingenios creado artificialmente: bajo la inmensa cú¬
pula protectora los dioses paganos fueron revividos
y son cyborgs de plata y oro, anfitriones del titánico
palacio de mármol, donde Ganimedes desde su vida
artificial obsequia a los visitantes una copa de am¬
brosía. Estos al beber sienten la omnipotencia divina,
son deidades por un instante de su mortal condición,
poseen atributos inherentes a los inmortales que ha¬
cen de ellos apolos y minervas, afroditas o dionisos,
ríen como ellos, aman, se consustancian con lo etéreo
y sublime, mientras Ganimedes proyecta su sombra
sobre Júpiter y su luz hiperestésica sobre las almas
humanas ávidas de inmortalidad.
17
Hamlet
El pálido y frío planeta bautizado Hamlet en el
2664 por el capitán VVilliam Reeding de la nave Reina
Isabel se ubica en el cuadrante nórdico del Sistema
Solar Escandinavia. Su color es de un blanco tiza man¬
chado en ciertas zonas de rojos crepusculares e in¬
mensos lagos de un glauco opaco propio de valles y
bosques donde elfos transparentes inspiran suicidios
cantados. Crónicas del viaje atestiguaron la presen¬
cia de sombras que instigan a venganzas. Algunos
de los astronautas sufrieron paranoias y sentimien¬
tos de inseguridad mientras recorrían inmensas pla¬
nicies lisas en sus vehículos impulsados por el vien¬
to. De todas formas superaron esas crisis emotivas
representando escenas de sus vidas para un público
compuesto de esencias, nubes y grutas de profundos
abismos. Un texto encontrado en los sistemas infor¬
máticos de la nave Reina Isabel confirma la desapari¬
ción de la tripulación; quien escribió ese informe, por
su estilo y perspectiva, tal vez haya sido el capitán
William Reeding, aunque no hay firma sino suposi¬
ciones las que refrendan el hecho. El texto dice así:
«Encontramos un cráter de 1.063 km de diámetro en
el hemisferio oriental del planeta y lo denominamos
Laertes para los anales de la Enciclopedia Estelar».
Comprobamos la existencia de una masa incrustada
en la superficie, lo suficientemente grande como para
no haberse pulverizado durante el impacto. Hay
motivos suficientes como para suponer que parte de
la vida de este cuerpo murió, aunque aún habitan se-
ís
res extraños en los valles y bosques fértiles que so¬
brevivieron al impacto. Nos contactamos con ellos,
pero fue un error, se apoderaron de nuestras almas,
las clasificaron según sus criterios e hicieron de ellas
«otros», una especie de alteridad que nos obligó a
cambiar de personalidad. El teniente Scarani se hizo
llamar Yorik mientras bufoneaba en la base que ins¬
talamos cerca de un peñasco que se erizaba sobre una
inconmensurable laguna verde. La semióloga-
antropóloga Prístina Pierce creíase monja o prosti¬
tuta y nos suplicaba que la llamáramos Ofelia; am¬
bos tripulantes perecieron: el teniente se decapitó con
un láser para que su cabeza la tomara el médico de la
flota —que se creía un sepulturero — y especulara so¬
bre aspectos ontológicos en esa extraña inmolación.
La Dra. Pierce se zambulló en un arroyo que desem¬
bocaba en la laguna y cubierta de flores cantaba des¬
variando una balada normanda, la perdimos y nues¬
tro sacerdote católico se negó a buscarla para darle
sepultura como Dios manda. A la sazón nuestro clé¬
rigo se creyó que era un rey llamado Claudio e insti¬
gó a los militares a destruir el planeta bombardeán¬
dolo con misiles antimateria. Hubo un amotinamien¬
to, se mataron entre ellos, algunos escapamos excep¬
to el alférez Hiroito aduciendo que él era Laertes,
nombre que le dimos al asteroide y al cráter, y enton¬
ces corrió por la explanada estéril hacia la gran roca
perdiéndose y destilando veneno en sus palabras.
Luego comenzó la locura general de aquellos que
íbamos huyendo: un sentimiento de mea culpa los
hostigó a correr y representar escenas que sus cere¬
bros enfermos, inspirados por seres extraños, resca-
19
taban de una memoria falsa aspectos de vida que no
eran suyos. Se mostraban como excelentes actores,
yo incluso me senté en el piso respirando el aire en¬
rarecido de la tarde y los observé junto a la ingeniera
Eslamovich que me decía en un susurro al oído que
se sentía otra, una mujer voluptuosa cuyo nombre
era Gertrudis; aplaudimos y reímos mientras yo, en
arrebatos de lucidez escribía en mi libreta electrónica
esta historia a la que me estoy refiriendo. La señal de
mi escritura se va registrando en el computador cen¬
tral de la nave. Sacamos de nuestras mochilas un li¬
cor venusino y bebimos hasta el éxtasis, Gertrudis
me seducía y yo la besaba como a mi amante predi¬
lecta, le confesaba secretos varoniles, y ella me acari¬
ciaba en tanto las lunas se erigían sobre el sur, los
actores huyeron al fin hacia las lunas actuando y llo¬
rando, riendo y saltando. Quedamos solos; solos en
Hamlet, pálido y triste, espectralmente bello, helado
en sus pálidas nieblas nocturnas azuladas. Acaricié
su cuello y ella entornaba los ojos salpicando con sus
labios besos, y la besé y la amé hasta que dejó de res¬
pirar porque apreté su cuello en su último orgasmo.
Maté a Gertrudis; no resistí la confusión ni el placer
de haber sido su amante e hijo. Soy Hamlet, moriré
culpable y admirado por decidirme a ser quien en
realidad debiera haber sido.»
20
ESCENAS DE CIRCO
(Délicatesse)
Para Adriana P. V. De S., meu bem.
La Bella
Y sentado escucho las confesiones del joven y el
ambiente se me torna un escenario donde yo, perso¬
naje de una comedia de las 4 de la tarde escucho, y
soy confesor de la tarde gris, un brumoso cura en el
confesonario, y las palabras de amor y rencor se me
hacen escenas de un film de los años 70 en blanco y
negro; trato de consolar con asentimientos al confeso,
gestos, ojos fijos, oídos abiertos, sonrío o condeno un
hecho con muecas de arlequín mientras la ciudad se
moja y las sombras son ciudadanos mojados, allá afue¬
ra de mi ámbito de comedia de la tarde, la voz de ella
seductora rodeada de angelotes barrocos, al instante
suenan trombones y trompetas: «junto a las manillas
de un reloj/ esperarán/ todas las horas que quedaron por
vivir/ esperarán/ todas las promesas de mi amor se irán
contigo/ me olvidarás/ me olvidarás ...» (Marchita
circense: la jovencita rubia con vestido de bailarina
de ballet en el centro circular del escenario, sobre una
tarima, un foco iluminándola, la oscuridad la rodea,
entran leones en fila con pasos de ganso, tigres con
flautas, elefantes tocando tubas, la niña erótica e ino¬
cente mueve sus labios pequeños y rojos, entorna ojos
claros, es rubia como un sol; monos con redoblantes
también desfilan, las trompetas son tocadas por gri¬
fos y los trombones por centauros, rodean a la joven
hada y a su estribillo: «¿por qué te vas?/ todas las pro¬
mesas de mi amor se irán contigo/me olvidarás». Luz de
foco: Franco, el Generalísimo, rodeado de hombres
apenas sonríe y su sonrisa es un tajo bajo el bigotito.
Escenario: un trapecista cruza el aire, payasos con ha-
22
chas y garfios, colombinas tullidas, la gorda del circo
es llevada por diez forzudos en una parihuela comien¬
do manzanas, todos rodean a la bella, a la niña en¬
cantada que está obligada a cantarle al Generalísimo;
«cría cuervos y te sacarán los ojos», murmuró un es¬
pectador y al instante fue invitado por dos tipos a
retirarse, después ya se sabe, no? Y ella canta «todas
¡as promesas de mi amor se irán contigo/por qué te vas?»
y un primer plano enfoca su rostro cuya piel blanca
por el maquillaje muestra un lunarcito falso sobre sus
labios; recuerda que esa canción la escribió un poeta
mendigo cuya guitarra sonaba como un laúd porque
en el medioevo de su espíritu, cuando dormía en el
metro, se colmaba de confesiones pasadas germina¬
das por un amor inconcluso, nocivo igual al aire con¬
taminado de la ciudad; ella recuerda mientras canta
el instante en que él le ofreció la letra y la melodía a
cambio de un almuerzo frugal y la paciencia de quien
escucha, luego se marchó por escaleras frías, «todas
las promesas de mi amor se irán contigo», el farol no
puede escuchar aquellas promesas que quedaron por
decir, y las horas que quedaron por vivir se dilatan,
y ahora frente a un público a oscuras en el centro del
escenario canta). Envuelto en mi hábito oscuro, sa¬
cerdote de tardes grises de fin de siglo, al sur, casto
por aquella que fue mi dios, mi melibea, escucho la
voz quejumbrosa de veinte años, la preocupación, la
nostalgia del confeso por un amor por demás joven y
judas ahora tiene cara de fémina conocida, familiar,
mi templo, mi casa, él y yo, se va más tranquilo por¬
que fui su confesor; quedo frente a un altar húmedo,
es un patio que las ventanas del living me lo abren
como telones de la comedia de las 4 de la tarde y son
las 4 menos cinco y no sé con quién confesarme.
23
«El enano de circo»
El enano Robespierre trabajaba en el circo conven¬
cido de que algún día la trapecista sería su amante
como lo era del forzudo la gorda con barba. Robes¬
pierre con su pequeña estatura veía más allá que cual¬
quiera: era gran lector de Lucrecio, y como buen ma¬
terialista, negaba la intervención de los dioses por con¬
siderarlos entidades lejanas a este valle de lágrimas,
y a todo esto juntaba sus ahorros con el objetivo de
huir algún día de su condición y de aquel circo, aun¬
que no romano, brasilero. Robespierre tema un nú¬
mero en el que atrapaba con sus bracitos a la mujer
de sus sueños cuando ésta se dejaba caer del trapecio
sin red que la protegiera. El corría de un lado para el
otro en la arena para producir un efecto de humor y
peligro, los trombones marcaban el ritmo de sus me¬
nudos pasitos y saltos. El público en penumbras con
sus bocas abiertas, y la beldad caía del cielo igual a
un hada desmayada.
Una noche sin luna porque el cielo estaba encapo¬
tado y el poco público que había parecía un jurado
de monjes por sus capuchas negras, salió Robespierre
taciturno, al show lo conocía de memoria: un primer
paso, el trombón sonando desde un rincón, su cabe¬
zota se inclinaba mirando la cerchas de la carpa, es¬
peraba el décimo movimiento sincronizando la caí¬
da, pero el enano olvidó que aquella noche con ce¬
rrazón lo había resfriado, y antes de estornudar y
hacer una obligada genuflexión que su cuerpito le
permitía, no reparó en el efecto trascendente para su
24
destino: la trapecista se dejó caer y reventó su her¬
moso cráneo rubio contra el suelo mientras el enano
se sacudía los mocos. La sangre fluyó en seguida y el
público perverso y encapuchado aplaudió aquel acto.
Robespierre apenas pudo contener un gemido aho¬
gado. El forzudo lo abrazó con todas sus fuerzas para
evitar que se acercara a ella. El dueño del circo gritó
su próximo número: el oso eléctrico y los monos abo¬
gados. El foco de luz se centró en la pálida cara del
dueño del circo, enjuta, sudada, desmirriada, de bi¬
gotes mefistofélicos. La oscuridad fue chupándole la
vida al enano Robespierre; frente a su futura amada
muerta, la beldad del trapecio, se arrodilló junto con
el forzudo y el obeso payaso maricón, sacó de su bol¬
sillo una navaja y se abrió el cuello sonriendo san¬
grante, feliz y triste, entregado a la muerte que sería
la sacerdotiza de su tan anhelada boda. Los monos
después se los comieron en una cena necrofílica fes¬
tejando como comensales el himeneo muerto.
25
«El domador»
El domador salió a la palestra abriendo la jaula de
las fieras con el látigo en su mano derecha. Un foco
blanco iluminaba el centro de la pista mientras el pú¬
blico asombrado y trémulo esperaba desde la penum¬
bra de las gradas el comienzo del espectáculo. Un
latigazo, dos latigazos, el polvo se levanta en partí¬
culas finísimas refractándose en un haz de luz azul
hacia puntos que se perdían en la carpa del circo. El
domador, hombre seco y alto, vestido con un chaleco
verde de lentejuelas y pantalones blancos metidos en
botas de media caña, miraba con ojos de fuego a las
fieras que agazapadas rugían y gritaban desde los
cuatro rincones de la inmensa jaula. De pronto un
latigazo hiere la pierna de un hombre esquelético que
miraba de reojo al domador. El esqueleto humano se
retorció en la arena gritando en árabe insultos incisi¬
vos. Otro latigazo, ¡zas!, esta vez sobre su hombro
izquierdo y el grito desgarrador hace que la calavera
se levante mostrando los huesos y la fisonomía pro¬
pia de una víctima de un campo de concentración.
Intentó saltar sobre el domador pero un nuevo golpe
seco en el rostro, oblicuo y filoso, lo obligó a desistir;
arrodillado comenzó a gemir. Ahora el domador di¬
rige su odio hacia una mujer joven y negra, hermosa
y esbelta, con la piel pintada como si fuese una cebra.
A ella la acaricia con el látigo, se lo pasa por entre las
piernas semiabiertas mientras ella está sentada mi¬
rándolo con orgullo y desprecio. El domador pasa su
lengua por los labios y se acaricia el sexo; la mujer
26
negra, semidesnuda, continúa mirándolo con desa¬
fío, y en un arrebato de histeria intenta ahorcarlo, pero
el domador es demasiado hábil y fuerte a pesar de su
flacura, entonces la toma por una de sus muñecas y
se la retuerce dejándola arrodillada y gimiente con
sus ojos clavados en los surcos marcados por el láti¬
go. La deja, hace una seña y desde la penumbra co¬
mienza el redoble, cada vez más acelerado, más agu¬
do, metálico, otra seña con su rostro y silencio. La
tercera fiera es un anciano envuelto en una manta,
calvo, desdentado, de ojos perdidos y tristes, desnu¬
do en su vergüenza, el domador sonríe, cruza sus
manos tras la espalda sosteniendo el látigo, se acerca
al oído y le dice porquerías, lo humilla con palabras
y le canta «viejo podrido te saqué de la caja cuando fuiste
a cobrar tus piojosos mangos, viejo podrido que comiste en
los comedores del inda», y rapeaba con un ritmo de
redoblante. Da media vuelta y ¡chuf!, el látigo mor¬
diendo otra vez pero esta vez cerca del cuerpito de
una niña de pelo castaño y pálida, vestida de hada y
de grandes ojos verdes. Una melodía circense comien¬
za a sonar en la oscuridad, el público calla y come
pop, el domador sonríe esta vez con ternura en tanto
acaricia los cabellos de miel de la niñuela; y la mar¬
cha circense aumenta los sones, el foco de luz blanca
se apaga y la tiniebla cubre el ámbito. Pasan cinco
segundos y el reflector de luz anaranjada atraviesa
horizontalmente la gran jaula, en el centro de la mis¬
ma aparece una figura humana, de chaleco verde y
pantalones blancos, colgada y balanceándose con una
soga al cuello. Las fieras la rodean mirándola con una
expresión estúpida en los rostros. Traca traca tra.
21
«La banda»
La banda toca su melodía de circo y canta ríos y
ríos de lágrimas forman ríos y ríos de amor ríos de
sueños que yo sé muy bien que nunca se harán reali¬
dad si un segundo ha durado la vida yo viví un mi¬
llón de veces más y no me arrepiento de haberte que¬
rido pero si de no haberte matado mientras pude.
Colombinas cruzan el escenario con pasitos y sal¬
tos el guitarrista ciego entona un punteo el manco
toca los platillos el acordeonista es un paralítico en
silla de ruedas el cantante tiene las comisuras de los
labios abiertas hasta las orejas en una sonrisa perpe¬
tua de guazón triste el redoblante lo toca un enano
viejo y al bombo un gordo con pata de palo bailan los
monos al compás triste de estos volatineros malaba¬
ristas flacos como alambre y no me arrepiento de
haberte querido las trompetas lacónicas de los trom-
petistas con lepra cubriendo sus rostros lacerados con
capuchas el público corea y se mueve en vaivenes
sincronizados la bella joven del circo toca un violín
de notas amargas los monos saltan mientras comen
de una fuente ensalada de dedos la beldad entorna
sus ojos y los músicos la rodean las últimas notas
moribundas son un réquiem dedicado para el enano
Robespierre.
28
«LOS AMANTES»
El malabarista cocainómano equilibra su cuerpo
sobre la cuerda tensa. Una red espera soñolienta el
posible accidente como una madre de nylon que se
dolió por muchos hijos muertos. El malabarista duro
como un bronce camina sincronizando pasos, las
mandíbulas apretadas, los ojos de vidrio perd idos en
un posible plano que ha tiempo que lo llama durante
las pesadillas de la siesta. Luces sicodélicas, haces de
luces blancas, oscuridad que rodea. Al llegar a la
mitad de su camino se detiene sin trastabillar, equili¬
bra su cuerpo con una barra de estaño y revuelve en
el bolsillo de su chaleco: extrae una bolsa, pequeña,
con una sustancia blanca con piedras; se sienta en la
cuerda, mete su nariz en la bolsa y echa su cabeza
hacia atrás con ojos vidriosos, aspira y moquea, se
yergue para continuar la travesía. Llega a la tarima
que lo espera, llega a salvo y esboza una mueca de
metal. El público aplaude, el payaso maricón lo ad¬
mira y lo ama en secreto. El malabarista saluda des¬
de la altura a la ovación y vuelve a meter la nariz en
la bolsa. Su piernas de bailarín de ballet, musculosas,
marmóreas, sus bíceps duros, su frente pálida, bri¬
llan en la altura (es un romántico alemán); respira
hondo y comienza a recitar un poema dedicado al
publico admirado: "SOY UN PÁJARO DE LA NO¬
CHE/ CRECIERON ALAS EN MIS PIES COMO
HERMES VUELO POR EL ÉTER/ LOS ÁNGELES
ANDINOS SON MIS PADRINOS/ BAJARÉ DE ESTE
CIELO Y PROMETERÉ AMOR/ A ÉL QUE SIEM-
29
PRE ME ESPERÓ EN LA VERGÜENZA/ DE SU SI¬
LENCIO Y TERNURA/ PROMETO ANTE VOSO¬
TROS, RESPETABLE PÚBLICO/ MI COMPROMI¬
SO AMOROSO POR ÉL/ EL PAYASO MARICÓN/
MI CONFIDENTE, MI LUNA LLENA/ DE NOCHES
TRASHUMANTES/ BAJARÉ A SABOREAR MI
TARRO DE MIEL» ..Marcha circense, fuegos artifi¬
ciales, el malabarista vuela por el aire y la red lo
abraza. Todos contentos piensan en la fiesta matri¬
monial, lástima que no estén ni el domador ni Robes-
pierre, ellos habrían sido los padrinos, igual la bella
sonríe apenas. El payaso maricón más gordo que nun¬
ca poseído por una algarabía sin límites llora de feli¬
cidad. El público se levanta y aplaude; los dos se abra¬
zan y huyen de la escena; se refugian en el séptimo
contenedor y el Jardín de Luzbel hace sonar su melo¬
día extraña. El amor es un pájaro ciego que vuela por
el bosque de las almas humanas, y en su aleteo hace
vibrar el aire de los enamorados.
30
ATMOSFERAS
WaITING FOR THE HEAVI-N
Desde hace cuarenta tormentas que espero. Subo
al médano para divisar en el horizonte líquido la es¬
trella que se hundirá salpicándome de luz. Pasaron
muchas horas durmiéndose sobre la arena, las gavio¬
tas chillaron al levantar el vuelo y sus vuelos tienen
una cifra tan arcana como el instante de la primera
aurora de un génesis remoto. Desde hace mil vientos
que espero con mi sombra alimentándose de otras
sombras en la ciudad. Tengo la certeza de que alguien
me cuida, me lo dijo la baraja, me lo susurró la tarde
seductora, me lo comentó en sordina el plátano de la
avenida, lo murmuró el aire del sur, azul, fresco, diá¬
fano como quien me cuida. Aún así espero que la vi¬
gésima sexta tormenta solar de este año me alcance
con su geometría de fotones y me calcine los pensa¬
mientos enfermos. Algo espero en la madrugada
cuando las cosas comienzan a ser lo que en el día no
se atreven a ser. Ni me alimento de grises ni escarbo
la tierra impura, sólo espero algo que me reconforta¬
rá, quizás posea el rostro de una mujer o el balanceo
maternal de una hamaca, o el perfume del jazmín del
país, o la tersura de un pétalo, poseerá el color que
falta, el sabor del agua fresca, la voz de una persona
querida. Desde hace cuarenta tormentas que espero
lo que no tiene nombra ni forma conclusa, ese peda¬
zo de cielo que olvidamos algunas vez.
32
Las hadas oscuras
Las hadas oscuras surgieron de pronto en una tar¬
de de verano al ritmo de las olas contra la arena; re¬
pletas de yodo y algas se elevaron al suspiro del pen¬
samiento y entre bonitas mujeres hicieron sus nidos
juntando los cantos rodados y las emociones ajenas
con el fin de poner sus huevos trasparentes. Las ha¬
das oscuras se alimentan de nostalgia y fracaso, ago¬
bian el pecho con cantos de sirenas enfermas, flotan
con el fuego del rencor o en el hielo del hastío. Son
como títeres apolillados en su triste afán de ser per¬
sonas; son inspiradoras del juego tramposo; son la
miseria de la envidia con antifaces de almejas; son el
deseo cercenado de amores mentirosos que igual a
jirones de ropa vieja visten el ánimo del pordiosero,
sin embargo ellas son felices en su infelicidad porque
cuando la alegría las embriaga ésta se desvanece dan¬
do lugar a una tristeza que las acompaña durante las
tardes, la hora en la que surgen, y están condenadas
a no poder separar la alegría de la tristeza, están con¬
denadas a la angustia feroz luego de la algarabía y en
esa condena se mueven, flotan, se retuercen hacien¬
do del crepúsculo estival un réquiem rojo en el que
se recuestan invitándonos a dormitar.
33
Cuando la constelación habla
Lo dirá la última constelación, el agua que fluye
callada y oscura del arroyo, la tormenta que se aleja,
lo dirán ellas, con sus sonidos y aromas, y nosotros
escucharemos sus acentos, el silabeo hecho de tiem¬
po y tiempo, recostados con nuestras piernas que, cru¬
zadas como dos espadas, le hacen un tajo a la tierra
al caminar. Esta vez la brisa, con su plumaje de esen¬
cias, será nuestra hermana y verá tu mano y la mía
fumando, escribiendo, quietas, volviendo a iniciar un
nuevo canto que callado se escucha, y que callado se
remonta a regiones donde el grillo es el profeta. Lo
dirá la última constelación de impresiones de una
atardecer de verano que enamorado de la vida se os¬
cureció para abrigarla.
34
La copa
¿Cuál es el principio fundamental de esta copa de
cristal de Bohemia? Poseer el espacio para que el vino
tinto derrame su oscura alma roja como caracteres
de una lengua antigua y esotéricamente inefable.
La noche sonríe con diez estrellas, la bruma bos¬
tezó en el puerto y lamió la bahía de montevideo, el
cerro siempre será, durante las noches, un viejo estu¬
che de joyas que un galeón español perdió al hundir¬
se por el canto de las sirenas marrones que son olas
turbias del río.
(¡El puerto, la bahía!, ¡Qué estoy haciendo de mi vida!)
Pero te imploro, decime copa de cristal, cuál es el
secreto que esconde toda mujer; por qué fue ella la
que comió del fruto prohibido y nos avergonazmos
después de haber sido expulsados del Edén: lugar
geográfico-mítico imposible de localizar, oasis de un
desierto más estéril que la arena del hastío y la sole¬
dad? ¿Por qué la riqueza y la miseria envilecen al
hombre?
Efluvios bermejos, oscuros, aromáticos, se elevan
y hablan por la boca de la copa: "AYER A LA ME¬
DIANOCHE DEVORÉ TU CUERPO E HICISTE DE
Mí TU MUÑECA BIOMECÁNICA CUYA PIEL
CUYO INSTRUMENTO FUERON TU ORGÁSMICO-
JARDÍNDELASDELICIAS. DESPUÉS DEL TAXI
QUE TE SACÓ DE MI PLANETA ENCONTRÉ LAS
LUNAS DE BRONCE BLANCO QUE NECESITA¬
BA". Copa cómplice, dame tu oráculo.
35
La contemplación
A Femando Manassi quien otea el infinito.
Desde la ventana del alcázar divisaba la extensa
llanura oceánica y amaba con profundidad el agua y
el mineral; el cielo, de un azul eléctrico, cubría como
un gran lago todo punto que se percibía desde la ven¬
tana del alcázar donde el joven cenobita contempla¬
ba el principio del infinito. Sus lánguidos ojos ver¬
des, sus cabellos castaños, sus manos fuertes y su há¬
bito adquirían un tono anaranjado que el crepúsculo
vespertino comenzaba a derramar sobre los seres y
las cosas. La noche llegó y se instaló con sus constela¬
ciones. El joven encendió los candelabros y buscó en
los anaqueles de la biblioteca un libro milenario cuya
lengua solo él podía comprender. Lo llevó a su pupi¬
tre mientras una brisa oscura y marina hizo danzar
las llamas de los pabilos. Abrió el volumen forrado
de cuero y leyó los caracteres escritos con tinta ne¬
gra; pasó varias horas concentrado en la lectura; un
pájaro nocturno graznó en la noche sin luna y las es¬
trellas rutilaron dejándose caer alguna en el oscuro
mar.
Terminada la lectura el joven monje con los ojos
brillantes y el rostro tranquilo se puso a reflexionar.
Ese libro, le dijo un viejo monje preceptor suyo que
ahora está en la Gloria de Dios, fue traído por mari¬
neros del sur, quizás fenicios, griegos o cartagineses
desde el otro lado de las columnas de Atlas, desde
más allá del océano prehistórico, de una tierra que se
36
hundió, una gigantesca isla que Platón llamó Atlánti-
da. Aquel texto era una Enciclopedia, la única exis¬
tente en el mundo ptolomeico, pero también tenía
fábulas y mitos comparables muchos con los de la
Antigüedad. El joven había leído una historia en la
cual un hermoso hombre joven de largos cabellos
verdes y ojos color ámbar contemplaba pálido desde
una torre el mar y el cielo y el sol crepuscular, y que
esperando la noche (cuando en aquellos tiempos ha¬
bía dos lunas, una de las cuales cayó hundiendo aque¬
lla civilización milenaria), dejaba su posición de ob¬
servador y se dirigía a la biblioteca; extraía un volu¬
men antiguo y leía una historia que lo llevaba luego a
reflexionar sobre la misma. Esa historia trataba de
un ser andrógino y transparente — tal vez un ángel —
que desde una torre cristalina instalada en los cielos
observaba el mar y el cielo entero y el sol crepuscular
pensando en el principio del Infinito ...
37
Y TE NEGASTE A VOLVERLA A VER
Electricboy y el Tupa de Cabarute salieron pechan¬
do la noche fría y blanca con sus narices hinchadas.
Prometieron como tantas veces no volverla a ver y
sin embargo el vacío de sus horas les grita con voz de
caramelero: ¡VAYAN A BUSCAR A LA DAMA
BLANCA ESA PERRA QUE SATISFAGA MI INEP¬
TA EXISTENCIA EN LOS RINCONES DE VUES¬
TROS CORAZONES! Y es así que Electricboy, el más
prepotente y parásito ser del Condado, esgrime su
perfil azulado e increpa con ojos de azogue al Tupa
de Cabarute que, ahíto de cerveza y longaniza, gor¬
do como una garrapata bien cebada, desde la mesa
tuerce la boca, moquea, eructa y dice vamos ya.
La noche los volverá a patear pero tienen como
armadura el orgullo fundado en que los demás, ex¬
cepto ellos o dos más, son imbéciles, es decir que se
sienten Zaratustra bajando de la montaña, de una
montaña blanca de éxtasis y bronce; farfullan el
lunfardo y miran de cotela al que pasó.
Odian los pájaros cuando cantan al amanecer, la
bolsa vacía, la última gota de alcohol, la flaca caja de
cigarros, sus rostros en el espejo, la mandíbula apre¬
tada, los últimos cien pesos, el planeta tierra y el sis¬
tema solar, pero, como dice la canción: "hay que salir
a buscar más"; y en el camino de la mañana se en¬
cuentran con el Idiota que está en las mismas condi¬
ciones. El fusca derrapa idiotamente sobre las últi-
38
mas sombras de la madrugada llevando enjaulados
a Electricboy, al Tupa de Cabarute y al Idiota, serios,
molestos, soberbios, quizás algo arrepentidos, pero
el amor por ella es tan grande que no se dan cuenta
que esta damisela ramera y blanca algún día elegirá
a uno de ellos como concubino y se lo llevará a vivir
con ella entre el polvo.
39
El soñador de siestas
Despertó de una siesta infinita en la cual encontró
la sonrisa de faunos extinguidos, perfumada de ro¬
sales de octubre, tenue como un vapor. Su primera
palabra fue "ella" y la pronunció en la penumbra del
cuarto mientras las persianas enrojecían de celos y
pudor. Luego se levantó, buscó los zapatos que se
habían agazapados en un rincón y llamó con una mi¬
rada a la camisa colgada del perchero para que, flo¬
tando en el ambiente, se tragara la anatomía del so¬
ñador de siestas. La radio comenzó a cantar un blues
de cadencias nocturnas con una letra satírica, y bailó
un rato antes de entrar al baño. "Si te vas, no te voy a
extrañar... andá por la sombra y cerrá bien el por¬
tón"; el saxofón trepaba como un caracol rosado las
paredes, la batería, ¡ay. Dios!, era un corazón loco, y
el saxo seguía trepando ahora metálicamente dorado
en su caparazón, y "dale, seguí el ritmo y olvídala un
rato", saxofonaba. En el baño el espejo le hacía mue¬
cas, el soñador de siestas se vio siete canas, cuatro
arrugas y una barba de tres días, "me falta poco para
llegar a los treinta", pensó mirando de reojo a la toa¬
lla ridicula. Al rato llegaron a su domicilio todos los
recuerdos de amores pasados y le golpearon el tim¬
bre, entraron en tropel instalándose en todos los es¬
pacios libres; uno de los recuerdos se erigió de juez
ante el tribunal y con voz de redoblante sentenció:
"Te hallamos relativamente culpable de los dolo¬
res ajenos, no obstante, cumplirás una pena que con-
40
siste en querer y no poder llegar a lo querido, en de¬
sear y quedar insatisfecho, en anhelar y perderte en
la urdimbre laberíntica de los sueños, en soñar y sólo
soñar, y sobre todo, en recordar con precisión cada
detalle de tu amada cada vez que la recuerdes, y lue¬
go en la madrugada, despertar sudado por ella y no
poder saciar tu sed, ni desgravar de tu alma pecado¬
ra ahíta de amores cercenados las miradas, los la¬
bios de rosado pálido, la blancura de su piel, el perfil
perfecto, la voz consoladora, el cabello alegre, etc. Te
condeno, archívese". Los demás recuerdos hicieron
silencio en la sala y miraron al soñador de siestas que
los miraba con cara de desafío como la del criminal
en el patíbulo; todos se levantaron y escaparon por la
ventana del living. El soñador de siestas se puso al
fin los pantalones porque sólo vestía la camisa y los
zapatos y se marchó por las calles arboladas, orgu¬
lloso, altivo, hermoso como la nochecita que se mo¬
vía en el cielo como una mulata en la cama, que es el
segundo cielo del soñador.
41
Una historia del siglo XVIII ó XXI
Una carroza cruza el puente de la curva del cerro;
la neblina oculta la bahía pero los caballos galopan
tranquilos en las buenas manos del auriga. En la ca¬
rroza va una mujer ensimismada, voluptuosa, recos¬
tada en los mullidos asientos de la carroza. Está pen¬
sando en lo agradable de la velada nocturna en la
cual el concierto de Vivaldi la transportó por lugares
etéreos como un perfume de lúgubres aromas. Una
carroza va cruzando el puente de la curva del cerro y
la melancolía tiene rostro de mujer. De repente, entre
la niebla del amanecer, la joven ve caminando a un
mendigo con un sombrero calado cuyas alas ocultan
el rostro, una gabardina gastada por la lluvia y por
las palabras de los tugurios. La joven ordena al auriga
a que detenga la marcha; abre la ventanilla y con ojos
que destilan lágrimas (quizás por el ideal) llama al
mendigo que resulta ser un joven de mirada verde,
profunda, abismal como el océano. La bruma los en¬
vuelve; los caballos que se detuvieron relinchan, el
sol es un espejo opaco levantándose soñoliento. "Oiga,
joven, parece que se dirige hacia el mismo rumbo que
yo", dijo la joven mientras sus negros cabellos se
perlaban de gotas. "Puedo llevarlo", sugirió algo arre¬
pentida. "Gracias, mademoiselle, ambos tenemos dis¬
tintos rumbos aunque nos dirijamos juntos", respon¬
dió el joven pordiosero calándose el sombrero. "Pero
de buenas ganas le ofrezco estas tres monedas de oro
cuyas caras tienen acuñadas la efigie de Carlos V, El
Emperador, pues su imperio se extendió tanto que
42
jamás se puso el sol". La joven aristócrata pestañeó y
sus ojos negros disiparon la bruma. Tomó las tres
monedas de oro y mirándolo como si fuera su ángel
protector volvió a inclinarse sobre el asiento; "conti¬
nuemos", ordenó, y la carroza siguió al trote de los
corceles negros. El mendigo quedó atrás, como un
recuerdo, con el sedimento que dejan los sueños, atrás
en la niebla desvaneciéndose igual a una pena de
amor.
43
La guardiana
Una estrella que ampara a alguien comentó a sus
colegas que ella había nacido como la más bella de
todo el firmamento; eso dijo la estrella, y que ade¬
más, como reina de un mundo, — humano necesaria¬
mente—, tenía un signo oscuro que la distinguía de
las demás.
Otras estrellas que amparan iguales a ángeles de
la guarda se ruborizaron de tanta soberbia decidien¬
do convocar una asamblea con el fin de saber cuál
era la música preferida entre todas. Las estrellas con¬
formaron un firmamento ajustándose a la Orden Su¬
prema de alterar temporalmente sus constelaciones.
Claro, dependiendo de dónde se mire, Piscis puede
ser Orfeo para alguien de Alfa del Centauro, Escor¬
pio se denominaría Latino para un observador de
Sirio.
Sorteando diferencias caleidoscópicas las estrellas
que amparan se reunieron en asamblea también para
vaticinar el próximo deshielo. Sin embargo la más
soberbia se encendió azulmente de indignación ar¬
gumentando que ella, la más sublime y etérea de la
constelación más próxima a la Vía Láctea, dudaba del
poder de la música (el de las esferas inclusive), y que
ella prefería, como toda enana azul, el verso endeca¬
sílabo español de pie yámbico. El atrio quedó callado
por tanta vanidad; pero una estrella gigante roja a
punto de extinguirse habló: "poco de vida me queda.
44
devoré a siete planetas y a un innumerable afán de
seres vivos, abrasé entelequias y dolores, ese era mi
destino. Ahora que dejé a mis predilectos por expe¬
riencia digo: dobleguen vuestras voluntades a la de
los elegidos". Los capiteles y atauriques, los astrágalos
y bóvedas, asintieron en aquel templo cósmico don¬
de la estrella rebelde rutilaba de pasión.
Los quásares desplegaron velocidades afirmativas;
los soles amarillos brillaron como sólo ellos lo saben
hacer. Pero la estrella que ampara vaya a saber a quién
insistió con su retórica; hay que disculparla porque
el amor que siente por su predilecto es tan fuerte que
sería capaz de cambiar con un impulso el orden del
zodíaco. Las demás la comprendieron, como buenas
hermanas que son, y disolviendo la asamblea univer¬
sal la dejaron sola en el atrio mientras se retiraban
hacia sus geometrías estelares. La estrella azul flotó
por el atrio de columnas de diamante, se detuvo y se
dijo mirando la Perfección: "Mi predilecto es un poe¬
ta y yo no sé quién soy cuando me invoca. Tanto le
adoro que sería capaz de extinguirme dejándole un
beso azul en la última despedida, en su último verso".
45
Las Ideas
Para Julio Inverso
Reifuiescat In Pace , Frater.
Los hombres son galeotes de la nave redonda que
boga por el infinito implacable. Reman y reman dan¬
do vueltas en el mismo mar. Están encadenados a
sus ansias, al deseo sublime o abyecto, blasfeman o
ruegan la gracia de un dios. La nave flota en el mar
oscuro sin viento, mientras los remeros continúan
viéndole la cara a la muerte. La fuerza es el tiempo
que doblega voluntades; y bogan y naufragan y gi¬
ran como hojas cuyo torbellino es la tiranía del pode¬
roso. Uno de ellos, filósofo, observa que la ondas más
próximas a la nave son rápidas, que a unos metros
son más lentas y puede observarlas, y que aquellas
ondas lejanas se perciben con más intensidad; y piensa
que así son las ideas humanas: las más cercanas flu¬
yen muy rápido y apenas se pueden aprehender (son
los pensamientos constantes), las ondas un poco más
allá son las ideas que se instalan y se reflexionan pero
que a veces escapan por las ondas más cercanas y
entonces la reflexión cesa. Pero aquellas ondas aún
más lejanas que se mecen suaves son Las Ideas que
verdaderamente se mantienen impávidas, incontami-
nables, son aquellas que sólo el poeta o el filósofo
pueden contemplar; la nave sigue bogando y los hom¬
bres son galeotes de un destino incierto. Sin embargo
para llegar a las más lejanas ondas del mar es necesa¬
rio instruirse, meditar teniendo paciencia porque las
olas más cercanas atrapan la atención, son los pensa-
46
mientos que vagan sin razón fluyendo; las interme¬
dias se captan por la razón pero se mezclan con las
primeras. Las más lejanas ondas de ese mar incon¬
cluso se aprecian mejor porque el tiempo no las ex¬
tingue rápidamente; a veces se ocultan entre las pri¬
meras olas sobre todo cuando el mar se pica o bien
cuando el galeote deja su mirada en las olas de su
remo. Quizás sea una cuestión de velocidad o pers¬
pectiva, pero aquel que esté atento dirigirá su mirar
hacia la verdad lejana, ignorando las olas cercanas
que se deshacen fácilmente. Tendrá un duelo cons¬
tante porque las ideas fútiles, los pensamientos efí¬
meros están eclipsando la espuma de la verdad. El
hombre, por eso, es un galeote que rema y rema sin
conocer orillas.
41
Despedida
Nunca te vi sangrar como una tarde de enero, de
todas maneras busco en mi memoria vegetal los frag¬
mentos de aquel tiempo en el que estuve contemplan¬
do la sangría sobre tus venas queridas. Así lo sosten¬
go, similar a un ángulo entre dos líneas cruzadas,
amor mío, lo sostengo igual al árbol con sus ramas y
hojas y aun así deambulo con los ojos tristes entre
calles arrepentidas. Si supieras el sufrimiento, la ra¬
bia, el desasosiego que me patean los días estoy se¬
guro que elevarías plegarias a un dios que calla pero
no se inmuta porque las nubes traducen su lenguaje
para aquellos que lo saben leer. Querida mía, amor
de mi cielo, te ruego que no me patees como una ce¬
bolla podrida de la cocina, apiádate de mis horas ro¬
tas, que yo estigmatizo en la distancia. Nos unire¬
mos, solo el tiempo será nuestro padrino de bodas;
adiós ventanas venecianas, chau querido trafoguero,
hasta siempre tierra seca, nos veremos en el manico¬
mio estelar.
48
INDICE
COSMITOLOGÍAS
Calixto.8
Dulcinea.10
Eurídice. 12
Faetón.14
Ganimedes.16
Hamlet.IB
ESCENAS DE CIRCO (Délicatesse)
La Bella. 22
El enano del circo.24
El domador.26
La banda.28
Los amantes.29
ATMÓSFERAS
Waiting for the heaven.32
Las hadas oscuras.33
Cuando la constelación habla. 34
Aj& copa.35
La contemplación. 36
Y te negaste a volverla a ver ..38
El soñador de siestas.40
Una historia del siglo XVIII ó XXI.42
La guardiana.44
Las Ideas. 46
Despedida.48
51
Vintén Editor
Obras publicadas
- ALMANAQUE 1997. Montevideo antiguo y su gente en imágenes.
- ANTOLOGIA DEL RETRETE, (graffiti de los baños de mujeres).
Andrea Blanqué.
- ARIADNA EN SU LABERINTO. Tres cuentos para estudiantes. E.
Anderson Imbert.
- BIENVENIDA A LA MAQUINA. Fernando Agorrody.
- COMO TEMBLOR DEL AIRE. La poesía de J. Gelman: ensayos
críticos. Benedetti, Vilariño, Achugar, Uribe.
- CONTRA CUALQUIER MURO (los graffiti de la transición). Eduardo
Roland.
- CHINA Y EL COLAPSO MUNDIAL DEL LENINISMO. Sarandy Cabre¬
ra.
- CLINICA EDUCACIONAL. Reflexiones desde la interdisciplinarie-
dad. M. Garbarino, H. Santini y otros.
- ¿CULTURA URUGUAYA O CULTURAS LINYERAS? Abril Trigo.
- DE LA CREATIVIDAD Y EL NEO-KITSCH. Pere Salabert (Ensayo
sobre Estética).
- DELMIRA AGUSTINI. Nuevas penetraciones críticas. Uruguay
Cortazzo, Coodinador. A. Cáceres, P. Varas, A. Gil, S. Molloy, G.
Renart, G. Kirpatrick.
- DEMOCRACIA Y ECOLOGIA. La política de la gestión ambiental. E.
Gudynas, H. Gatto, A. Santandreu y otros.
- DERECHOS HUMANOS Y DICTADURA TERRISTA. Rodolfo Porrini.
- DROGAS. Clínica y psicopatologia del uso indebido de sustancias
psicoactivas. Juan Triaca y Artigas Pouy.
- ECOLOGIA, MERCADO Y DESARROLLO: Políticas ambientales,
libre mercado y alternativas. Eduardo Gudynas.
- EN NOMBRE DEL SEXO MASCULINO. O. Freire.
- EL ARQUITECTO. Pedro Figari. Poesía. Reproducción facsimilarde
la edición de 1928, París. Contiene360 viñetas del autor, especial¬
mente preparadas para la edición original.
- EL PALACIO DE LA RISA. Germán Marín. (Novela).
- EL RECETARIO DE LA MEMORIA. Sebastián Elcano. (H.García
Robles) (Segunda edición).
- EL COMPLEJO DE PROSPERO. F. Arocena y E. de León.
(J.G.Merquior, R. M. Morse, S. Schwartzman, L. W. Vianna).
- EL DUELO. Duilio Luraschi. Cuentos.
52
- FIERA DE AMOR. La otra muerte de Delmira Agustini. Guillermo
Giucci.
- HISTORIA DE LA IZQUIERDA URUGUAYA (1919-1923) Tomo III.
Fernando López D'Alessandro.
- LA LUZ ES UN ABISMO. Olga Orozco.
- LA MODERNIDAD Y SU DESENCANTO. Felipe A rocen a.
- LA REVOLUCION ESTAFADA. (P.C.U. y aparato armado), Sergio
Márquez.
- LA SEÑORITA BUSCATESOROS. (historieta bilingüe). Beatrice
Serna.
- LAS TRANSNACIONALES Y EL CAPITALISMO URUGUAYO. Gustavo
Arce y Daniel Olesker.
- LOS INFIERNOS DE LA LIBERTAD. Daniel Iribarne. (Novela).
- NAUFRAGIOS CELEBRES. Antonio D. Lussich. (2 a edición).
- SOLOS EN LA FUENTE Y OTROS CUENTOS. Leonardo Rossiello.
-VERTIGO. (Cuentos) Duilio Luraschi.
Cuadernos Didácticos
-ALGODON, MAIZ Y OLIVO. Varenka Eloy y otros. Actividades para
la coordinación de Historia y Geografía I o C. B.
-JUGANDO A LEER. Susana Agras y Josefina Barreira. Recomendado
por la Inspección de Compensación (Area I) E. S.
-EL REINO DESCONOCIDO. Elementos de Mineralogía. Rubén Elias.
Poesía
-ACERCA DE LA LIBERTAD. Ingemar Moberg.
-ARCILLA PROHIBIDA. Alvaro Angel Malmierca.
-ANTOLOGIA POETICA. Juan Gelman.
- CUERPOS EN POSE. Roberto Appratto.
- “CORAZON DE ROBLE: Teresa Amy.
- DEL INSURRECTO. Sarandy Cabrera,
- DIARIO DE LOS ULTIMOS DIAS DEL ARCHIPIELAGO. Sergio Altesor.
- DESPRENDIMIENTOS. Sabela deTezanos.
- DONDE VUELA EL CAMALEON. Ida Vitale
- EN LOS ABEDULES ESTA LA LUZ. Jan Erik Vold.
- ELEGIAS COMPLETAS. John Donne (trad. Sarandy Cabrera).
- ¿ESTARA NOMAS CARGADA DE FUTURO? C. Liscano.
- FALSAS CRIATURAS. Julio Inverso.
- GUETO. Roberto Mascaró.
53
- HOMENAJES. Enrique Fierro.
- LA SAVIA DUDA. Enrique Fierro.
- MINIMA NATURAL DISTANCIA. Alberto Villanueva.
- NOMENCLATURA Y APOLOGIA DE LA CONCHA. Pancho Cabrera.
- 8 ANTOLOGIAS PERSONALES. Poesía uruguaya en Suecia.
- POEMAS SENTIMENTALES. Carlos Brandy .
- PAPELES DE VOLUSIO. Sarandy Cabrera
- POEMAS SIN TERMINAR. Góran Sonnevi.
- POESIA LIBERTINA. Pancho Cabrera.
- PUTA CICUTA e Intifada. Sarandy Cabrera.
- QUIERO VER UNA VACA. Enrique Fierro.
- QUIMERINOS. Sarandy Cabrera.
- SAGITRA ¿Quién ama a los niños pobres de Montevideo? Sinan
Raug.
- SONETOS LUJURIOSOS Y PASQUINES DEL ARETINO. (Trad. de
Sarandy Cabrera).
- SOBRE FUGAS Y PERMANENCIAS. Iris Sclavo Armán
-TEOREMA. Carlos E. Brandi.
Ediciones de Juan Darién
-ANGEL DE MEDIANOCHE. Miniversiones y otros dioses menores. J.
Dardo Villaverde.
- ¿EL FIN DE LA HISTORIA? Francis Fukuyama.
- EL FIN DE LA TONTERIA. Miguel B. Alzamora.
- EVANGELIZACION Y CONQUISTA. Julio de Santa Ana.
- LA CONQUISTA DE LO MARAVILLOSO: EL NUEVO MUNDO.
Guillermo Giucci.
- DESPUES DE LA POLITICA. Ricardo Viscardi.
- ORO de la conquista versus DOLARES de la deuda externa. S.
Cabrera.
- URUGUAY: ¿PAIS EN TRANSICION? Michel Boulet.
- 5 RELATOS ESCOLARES. Concurso de relatos escolares de 6 o año
B de la Escuela N° 80, Brig. Gral. Juan Antonio Lavalleja.
Poesía
- ABREME LA PUERTA. Sergio Cassarino.
- SOLEDAD BLANCA. Sergio Cassarino.
- LA VIDA ES UN PENTAGRAMA DE OBSCENIDADES. A. Z. Armstrong.
- LOS ROSTROS DEL AGUA. Eduardo Insua.
54
Minílibros de Vintén
- CENIZAS DE SUEÑOS. Iris Sclavo Armán. Novela.
_ de LA RALEA DE LA VOZ. Alberto Villanueva. Poesía.
- EL INVIERNO DEL ANGEL. Carlos Brandy. Poesía.
- LA MEDICINA ALTERNATIVA. Aspectos éticos y jurídicos. James F.
Drane.
- EL PEON DE LA ESTANCIA SAN SEBASTIAN. Alberto “Beto" Cía.
Poesía.
- PALABRA ANTIGUA. Richard Piñeyro. Poesía.
- en CUANTO LLEGUE a PARIS. Eduardo de Souza. Poesía.
- LIMERICK. El epigrama inglés.
- FIN DEL CAPITULO RUSO. Cuentos. Antonio Alvarez Gil.
- CITAS DE ARTIGAS. Selección y notas de Alfonso Fernández
Cabrelli. 2 a Edición.
- HIROSHIMA. Elias Uriarte. Poesía.
- RETRATOS DEL MERODEADOR y otros poemas. Teresa Amy.
-EL SILENCIO Y LA LUZ. José Da Cruz. Poesía. De próxima aparición.
- MAS LECCIONES PARA CAMINAR POR LONDRES. Julio Inverso.
Poesía.
- LA LUZ DE ESTA MEMORIA. Ida Vítale. Poesía. Edición Facsimilar
50° aniversario.
- VELOZ ETERNIDAD. Alfredo Fressia. Poesía,
-SELECCION NATURAL. Enrique Fierro. Poesía.
- UNA OSCURA PRADERA VA PASANDO. René Fuentes Gómez.
Poesía.
- LABIOS DEL PONIENTE. Jorge Ernesto Olivera. Poesía. Premio
Intendencia Municipal de Montevideo 1999.
-ATMOSFERAS. Poemas en Prosa. Federico Rivero Scarani. Mención
honorífica l.M.M. 1999.
- DE MI PIEL ME SALGO. Poemas. Gladys Burci.
-TABACO. Lalo Barrubia. Poesía. De próxima aparición.
- MUJER EN CONSTRUCCION. Mariella Nigro. Poesía. De próxima
aparición.
- PROVIDENCIAS Y OTROS CUENTOS. Dulio Luraschi. De próxima
aparición.
- LITURGIA URBANA. Nelson Díaz. Poesía. De próxima aparición.
- NO SE DEVUELVEN ORIGINALES y otros cuentos. Justo E.
Vasco. Humor.
- CUATREROS. Hoenir Sarthou. Novela. De próxima aparición.
55
Maxilibros de Vintén
- ILUSIONES, FRUSTAOIONES Y ESPERANZAS DE LA IZQUIERDA.
Ernesto Kroch. Ensayo.
- SERPIENTE. Sergio Altesor. Poesía. Premio Literario Municipal
1997.
- 50 DIBUJOS DE EVA OLIVETTI. Un libro para coleccionistas de la
conocida pintora, discípula del Taller Torres García.
56
Federico ftivero Scoroni
i&:% ' 109/312
Federico Angel Rivero Scarani,
Montevideo 1969, es profesor de
Literatura egresado del Instituto de
Profesores Artigas. Publicó poemas y
ensayos en varias revistas y periódicos de
Montevideo. También poemas suyos,
escritos en portugués, fueron
seleccionados por la Editora Valenga
para integrar una Antología en dicha
lengua.
Lleva publicados dos libros: "La lira, el
cobre y el Sur", 1993 y "Ecos de la
Estigia", 1998.
El presente libro que hoy publicamos,
fue premiado en el Concurso Literario de
la Intendencia Municipal de Montevideo
de 1999 con una "Mención Honorífica".
Vintén Editor
I.S.B.N. 9974-570-79-4
Grabado de Tapa de Max Ernst